Mientras el Estado promete “rehabilitación”, las cárceles del norte y sur chico parecen más jaulas humanas: triplican su capacidad y son prueba viva de que la corrupción y el abandono también cumplen cadena perpetua
El hacinamiento carcelario en la región Lima ya no es noticia, es rutina. Según el propio INPE, los penales de Huacho, Huaral y Cañete están al borde del colapso —aunque algunos dirían que ya se derrumbaron hace rato—. El de Huacho, con espacio para 644 reos, hoy encierra a 2,130 (¡231 % de sobrepoblación!).
En Huaral, la cosa es peor: 4,456 internos sobreviven en un penal diseñado para 1,029. Y en Cañete, con 1,024 plazas, viven 3,612. La receta perfecta para el caos. Enfermedades, violencia, motines y un Estado que mira al techo mientras los muros se agrietan. “Reinserción social”, dicen. Pero lo cierto es que en estas cárceles el único que se reinsertó hace tiempo fue el olvido… y claro, la corrupción, que nunca falta.


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